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Adriana Colchado

Legislar no se hace desde TikTok: la lección de Susana Riestra

Hay días en el Congreso en los que una entiende por qué la gente está harta de la política. Y hay otros —pocos, pero luminosos— en los que una recuerda para qué existe la tribuna. Hoy fue uno de esos días. Y no por el pleito (que lo hubo), sino porque Susana Riestra decidió hacer algo que parece revolucionario en estos tiempos: pensar antes de proponer.

El contexto ya lo conocemos. El caso de Lydia Valdivia sacudió redes, medios y conversaciones familiares. En medio del ruido, Nay Salvatori salió “a bote pronto” con una idea tan popular como peligrosa: castigar a quienes simulen su desaparición. La iniciativa sonó bien en TikTok, prendió rápido en el enojo colectivo y tuvo ese aroma irresistible de la coyuntura. Pero legislar no es subirse al trend; legislar es cargar con las consecuencias.

Y ahí es donde Susana se sube a tribuna y dice: alto. No con gritos. No con pleito barato. Con una cátedra.
Desde la primera frase dejó claro el terreno: desaparición no es número, es herida. Y Puebla —dato duro que incomoda— ocupa uno de los lugares más dolorosos del país: un promedio de 10 personas desaparecidas al día en 2025. Frente a eso, hablar a la ligera no es solo imprudente: es irresponsable.

Mientras una propuesta nace del impulso y la popularidad, la otra nace del trabajo previo. Riestra recordó que este tema no llegó por moda a su agenda. Viene de caminar con madres buscadoras, de escuchar a víctimas, de iniciativas concretas (Ley Ingrid, células municipales de búsqueda), de hacerlo sin cámara, sin selfie y sin oportunismo. Y entonces el contraste se vuelve brutal: una cosa es opinar; otra, legislar con las víctimas.

El golpe más fino —y más certero— vino cuando desmontó el corazón punitivo de la idea rival sin levantar la voz: no hay vacío legal. El Código Penal ya sanciona la falsedad de declaraciones, el uso indebido de sistemas de emergencia y la obstrucción de vías. ¿Para qué crear nuevos castigos? Para mandar el mensaje equivocado: que denunciar puede salir caro. Y en un país de desapariciones, ese mensaje mata búsquedas.

Susana fue más allá: explicó lo que la narrativa del castigo no quiere ver. Criminalizar la denuncia revictimiza, siembra miedo y debilita el sistema de búsqueda. Siempre será mejor —dijo— que el Estado gaste recursos en buscar personas bajo cualquier circunstancia que normalizar la omisión, la indiferencia institucional o el linchamiento social alimentado por filtraciones “convenientes” y amplificadas por influencers.

La iniciativa que presentó no castiga, reconoce. Reconoce a madres, padres y familias buscadoras como lo que ya son en la realidad: defensoras y defensores de derechos humanos. Y al hacerlo, obliga al Estado a protegerlas, acompañarlas, no criminalizarlas ni estigmatizarlas. No es ocurrencia: armoniza con estándares internacionales y le da a Puebla la oportunidad de dejar de improvisar.

En tiempos donde muchos confunden viralidad con virtud, ¡oh, Susana! vino a recordarnos que la historia no se escribe en redes sociales. Se escribe en leyes bien pensadas y en vidas protegidas.
Lo demás —el pleito, el clip, el “me malinterpretaron”— es ruido. Y el ruido no busca personas. Las pierde.

Hasta aquí el chisme, lo viral, el tamal con crema… y también con pasas.

Por Adriana Colchado

Mi cuenta en X: @Tamalito_Rosa

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