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Fernanda Paredes

Vínculos y descanso, o cómo San Valentín también es para mamás cansadas

Este 14 de febrero, a propósito del amor y de la amistad, quiero hablar sobre los vínculos de las madres. Como he retomado en otras columnas, el rol de madre suele estar atravesado por exigencias sociales que colocan el cuidado casi exclusivamente en las mujeres. Ayer platicaba con mi prima Eva, artista plástica y mamá de un bebé de 1 año y 7 meses, sobre que muchas veces nosotras asumimos estas exigencias sociales sin cuestionarlas, lo que termina por agotarnos un chingo, ¿Quién nos dijo que somos las mejores haciendo la sopita y cuidando la casa? ¿Cuándo se nos metió ese chip? Nunca nos dimos cuenta, aunque seamos chavas alternativas y muy criticas terminamos por asumir que somos las meras meras del cuidado y que nuestros vatos no son tan buenos como nosotras en esos temas.

Hay que cuestionar estos pensamientos que consideramos tallados en piedra y recordar que el cuidado de otros sin pensar en una misma, no solo implica una sobrecarga material, sino también emocional y mental. Sucede en casi todas las maternidades, pero como siempre me voy a centrar en las madres atípicas. He leído distintos estudios que retoman experiencias de madres cuidadoras de hijos con autismo o discapacidad, en ellos, una constante aparece con claridad: el descuido personal y el deterioro de los vínculos afectivos.

En distintas investigaciones sobre madres cuidadoras, muchas de ellas refieren haberse descuidado a sí mismas, así como haber visto afectadas sus relaciones de pareja, familiares y laborales. En mi propia investigación y desde mi experiencia personal, sostener vínculos afectivos puede convertirse también en una fuente profunda de desgaste.

La dinámica familiar ante el cuidado de un hijo o hija con discapacidad suele verse fuertemente atravesada por múltiples factores: la distribución de las tareas de cuidado entre los miembros de la pareja, el grado de sensibilidad y comprensión frente a las necesidades del hijo o hija, el apoyo emocional y práctico que se recibe, y, sobre todo, las expectativas sociales que recaen sobre la maternidad. Persisten discursos que colocan a la madre como la única que sabe, la única que entiende, la única capaz de calmar, atender y anticipar las necesidades de sus hijos. Estas ideas, lejos de reconocer la experiencia materna, suelen reforzar la sobrecarga y el aislamiento de las madres cuidadoras, además tienden a minimizar la vida social fuera de la familia, cosa bien necesaria e importante para todas.

Ante este cansancio y desgaste, surge una pregunta necesaria: ¿Qué puede fortalecer los vínculos en la vida de nosotras, las madres cuidadoras? Creo firmemente que el primer paso es conocernos, descubrirnos y redescubrirnos dentro de la maternidad. Porque sí, la maternidad nos transforma. Nuestra identidad, nuestras metas, nuestros sueños e incluso nuestros deseos cambian con la llegada de nuestros hijos e hijas y, particularmente, con las necesidades específicas que puedan tener. En muchos momentos nos perdemos dentro del cuidado, y reconocerlo también es una forma de empezar a recuperarnos.

Otro elemento fundamental es la distribución equitativa del cuidado. Aunque sabemos que las estructuras sociales y económicas muchas veces no lo facilitan, dentro de las dinámicas familiares y personales debe existir una conciencia real sobre la importancia del descanso y del bienestar de las madres cuidadoras. El cuidado no puede sostenerse únicamente desde el sacrificio permanente, no puedes ir y echarte unas chelas o ir al fut mientras tu esposa se encarga de las criaturas (con o sin discapacidad), debemos compartir el tiempo de descanso. Si descansas quieres conversar, compartir y coger, si no, pues no.

También resulta necesario buscar, y defender, espacios de socialización, descanso y autorrealización. Sabemos que no es sencillo y que muchas veces implica incomodar rutinas familiares o enfrentar sentimientos de culpa; sin embargo, permitirnos estos espacios no es un acto egoísta, es una forma de sostener el cuidado de manera más consciente, más digna y también con mayor disfrute de la vida. Lo anterior ayudará directamente a nuestras relaciones de pareja y amistad porque podremos brindar mejor compañía y atención.

Hasta aquí mi columna de hoy. Amen mucho… y, sobre todo, ámense mucho.

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