Santa Clara, California.
No fue un intercambio de golpes. No fue un tiroteo ofensivo. Fue una guerra de desgaste. Y en esa guerra, los Seattle Seahawks fueron más fríos, más pacientes y más contundentes para imponerse 29-13 a los New England Patriots en el Super Bowl LX.

Desde el primer cuarto se entendió el tono del partido: posesiones largas, defensas cerrando espacios y cada yarda disputada como si fuera la última. Seattle no buscó el espectáculo; buscó el control. Y lo encontró.
Jason Myers escribió su propia línea en la historia con cinco goles de campo, una sucesión quirúrgica de puntos que fueron ampliando la grieta en el marcador. No fueron touchdowns espectaculares, pero sí golpes constantes, precisos, inevitables. Como una marea que sube sin que te des cuenta… hasta que ya te está cubriendo.
Del otro lado, los Patriots intentaron responder con carácter, pero el Super Bowl no perdona las fisuras. Y la más evidente estuvo en la línea ofensiva.
Drake Maye nunca jugó cómodo. Cada dropback parecía una cuenta regresiva. La presión de Seattle fue implacable, disciplinada, constante. No siempre terminó en captura, pero sí en decisiones apresuradas, en rutas que no alcanzaban a madurar y en series ofensivas que morían antes de volverse amenaza real.
Ahí estuvo el punto de quiebre. La línea ofensiva de New England no logró imponer condiciones ni ajustar ante el asedio defensivo. Sin protección sostenida, el juego aéreo se volvió predecible. Sin un ataque terrestre dominante que equilibrara el plan, la ofensiva quedó expuesta. No fue una noche de colapso, fue una noche de pequeños errores acumulados. Y en un Super Bowl, los pequeños errores se convierten en sentencia.
Seattle olió esa fragilidad y no soltó la ventaja. Su defensa sostuvo el cero en touchdowns durante tres cuartos completos, apagando cualquier intento de impulso patriota. Cuando finalmente Maye encontró a Mack Hollins en el último cuarto, la reacción llegó demasiado tarde. El margen ya era demasiado amplio. El ritmo ya tenía dueño.
Los Seahawks no necesitaron una actuación legendaria individual. Ganaron como equipo, desde la disciplina y la ejecución. Ganaron porque en los momentos críticos fueron más firmes en la línea de golpeo. Y en febrero, eso suele definir campeonatos.
El espectáculo de medio tiempo, encabezado por Bad Bunny, aportó el componente cultural y simbólico de la noche, reforzando el peso latino en el escenario más grande del deporte estadounidense. Pero cuando el ruido se apagó y el balón volvió a volar, el foco regresó a lo esencial: el control del juego y la batalla en las trincheras.
Seattle levantó el Lombardi con autoridad silenciosa.
New England se quedó a un par de bloqueos, a un par de segundos más de protección, a un par de ajustes que nunca llegaron.
El Super Bowl LX no fue un duelo de estrellas. Fue una prueba de resistencia. Y en esa prueba, los Seahawks no titubearon.
12 as one.
— Seattle Seahawks (@Seahawks) February 9, 2026
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